sábado, 23 de julio de 2016

Plumas y acero

A lo largo de la historia se han creado diversas religiones. Todas ellas adorando a uno o varios dioses, los cuales probablemente no existan. Pero hay deidades de las que nadie ha hablado, y han estado ahí desde el inicio de los tiempos. 

Sólo los sabios ancianos de una remota y pequeña civilización situada en la cima del monte Gaia conocen la historia de estos antiguos dioses. Esta civilización vivía en armonía debido a su reducida población, y veneraban e idolatraban a sus dioses para que les protegieran de las desgracias que pudiesen acontecer. Según contaron los sabios a modo de leyenda, estos dioses poseían alas y una especie de armadura, generalmente dorada.

Esta historia trata sobre un hombre de esta tierra, en la que, a pesar de vivir en armonía, pueden darse desgracias inesperadas y acabar en la pobreza, en la enfermedad o en la muerte. Dicho hombre, de nombre Zéfiro, era un jóven de pelo castaño claro y brillantes ojos de color dorado. Fue un desgraciado que cayó en la ruina, y tenía que sobrevivir robando sobras de casas vecinas y pequeñas cantidades de dinero. 

Un día fue descubierto robando unos trozos de pan y, al sentirse amenazado, salió corriendo. Siendo perseguido por el propietario de la casa y algunos centinelas del poblado, se dirigió hacia la orilla de la cima del monte, entre la vegetación. Llegó a un precipicio, y al verse acorralado, decidió saltar a una plataforma situada unos 25 metros mas abajo. Mientras caía, vio a su alrededor unas plumas doradas cayendo del cielo. Aterrizó en una plataforma prácticamente flotante, únicamente unida al monte por un sendero pétreo, por el cual circulaba también un pequeño riachuelo que desembocaba en una laguna, que formaba una cascada hacia el vacío. Zéfiro, muy afectado por la caída, con sus piernas y varios huesos rotos, lloraba de rabia, dolor e impotencia y, antes de caer inconsciente, vio tres plumas doradas más cayendo sobre la sombra del gran árbol en el que se había apoyado.

Cuando alzó la vista al cielo, vio un destello dorado, radiante y muy intenso, acercándose. Acto seguido, se desmayó. Cuando se despertó días después, no tenía ningún tipo de dolor físico, y estaba en un lugar alejado de su hogar.

Al cabo de unos minutos, una gran puerta se abrió. Ante sus ojos tenía a un dios, uno de los que hablaban las leyendas de su pueblo. Temblando y con la voz entrecortada, Zéfiro pidió disculpas por las molestias y agradeció el tratamiento de sus heridas. El Dios se quitó el casco, y para su sorpresa, era una mujer, una diosa. Se arrodilló ante ella y le sonrió. Zéfiro preguntó cuál era el motivo por el que se encontraba en ese lugar, y ella le dijo que había visto algo en él que los demás humanos no tenían. Humildad.

Dejando el casco en la sala, le invitó a dar un paseo por el cielo junto a ella. Zéfiro aceptó encantado, y le confesó que siempre había deseado volar, que era su mayor sueño y que le encantaría tener sus propias alas. Ella sonrió, extendió al mismo tiempo sus exuberantes alas y, tomándole entre sus brazos, despegaron del lugar. Mientras atravesaban las nubes, ella se presentó diciendo que era la diosa del amor, dando significado a su belleza digna de una deidad. Aeryth. Una hermosa mujer de cabello plateado y ojos del color de la esmeralda. Zéfiro también se intentó presentar formalmente, pero ella le interrumpió, diciendo que ya sabía todo sobre él. Avistaron una plataforma en el cielo, y dijo que ahí se dirigían.

Llegaron, y se les abrieron unas gigantescas puertas con grabados y glifos, casi imposibles de descifrar, ya que esas puertas se forjaron al inicio de los tiempos, pues solo los dioses y unos pocos de la corte celestial conocen su significado. Entraron a un enorme pasillo, y a medida que avanzaban, se encendían pequeños fuegos a ambos lados. Al llegar al final, un elevador les hacía subir, y cuando llegaron a la cima, se dirigieron a una gran sala redonda, con al menos una docena de dioses que les estaban esperando. Afrodita le dijo que se dirigiese al centro de la sala.

El dios de los dioses, el Antiguo, el Original, se levantó de su asiento y le dirigió la palabra al joven:
-"¿Así que eres el elegido de Aeryth, eh? Eso no es algo que se vea todos los días. No solo eso, además te ha elegido por tu humildad...buen trabajo, muchacho. Además, tengo entendido que te gustaría tener tus propias alas, ¿cierto?".
-"Si, señor, es algo con lo que siempre he soñado", dijo Zéfiro.
-"Entonces...¿quieres unirte a nosotros?".

El joven aceptó con mucho gusto, y el Original le pidió que le acompañara, junto con Aeryth, a una sala contigua a la principal. Ambos dioses realizaron un antiguo ritual. El lugar empezó a vibrar, pero con un silencio antinatural. Se iluminó, una luz cegadora impidió que se viera nada en toda la sala. Lo siguiente que recuerda es una rara sensación alrededor de su cuerpo y, momentos después, ver sus manos cubiertas con guanteletes. 

Al desvanecerse del todo la fulgurante luz, pudo mirarse a un gran espejo. En ese momento, vio que una armadura plateada cubría su cuerpo, un casco semejante al de un gladiador que dejaba fracciones de su cara al descubierto. Sintió una sensación extraña en la espalda, como una nueva parte de su cuerpo. Al intentar moverlo, desplegó unas refulgentes alas metálicas, sin plumas, como cuchillas, pero perfectamente móviles, con la parte superior de las alas reforzada de un acero de color negro. 

Los detalles que tenía su armadura también eran de color acero negro, como un emblema en su pecho, que destacaba por el contraste de colores. Aunque aún no se acostumbraba a la novedad, sentía que las alas ya formaban parte de él. Tanto Aeryth como el Original estaban sorprendidos, porque normalmente la armadura, tras el ritual, es dorada, y no plateada.

El Original lo acompañó a las gigantescas puertas de la entrada a explicarle el significado de los jeroglíficos. Decían que un día, un héroe se convertiría en dios y heredaría la armadura plateada y traería la felicidad y paz al mundo. Irónicamente, era el dios de la Guerra quien traería esa paz. También le explicó que, al convertirse en un Dios, había conseguido la inmortalidad, y no envejecería. También le aconsejó en tono amistoso que aprendiese a volar, pero el deber de enseñarle se lo dejó a Aeryth.

Cuando despuntó el alba al día siguiente, la bella diosa fue a buscarle a la habitación que se le asignó para dar comienzo a su entrenamiento. Se dirigieron a un mirador, desde el cual se veía la superficie del planeta, pero con la suficiente altitud como para que no se pudiese distinguir la plataforma en el cielo vista desde su superficie. Se dice que fue situada ahí por una fuerza misteriosa para que los dioses pudiesen vigilar a los humanos sin preocupación de ser descubiertos.

Se situaron en el borde del precipicio, y Zéfiro dijo que eran unas preciosas vistas. Empezó a escuchar una risa agradable, y cuando se dio la vuelta, Aeryth estaba sonriendo, mientras lo empujaba al vacío. Lo último que vio antes de darse la vuelta en el aire para observar la superficie fue el hermoso rostro de la diosa, sonriendo y alejándose rápidamente. Zéfiro intentó recordar la manera de poder mover sus alas para utilizarlas. Estaba nervioso y apenas había practicado, por lo que solo consiguió hacer que vibraran un poco. Pasaban los segundos, disminuía la distancia al suelo. Cerró los ojos ante su inminente aterrizaje, y cuando pensó que su supuesta vida inmortal iba a llegar a su fin, abrió los ojos y vio unas relucientes alas a su alrededor, y sintió que alguien le sujetaba. 

Miró hacia arriba, y cubriendo el destello del sol, estaba Afrodita con una sonrisa, que había acudido en su ayuda para evitar el impacto. Al llegar de nuevo a la plataforma, Zéfiro agradeció la ayuda y, un poco frustrado, dijo que no debió haberle empujado sin saber cómo utilizar sus alas. Mientras él protestaba, Afrodita sonrió, soltó una pequeña carcajada, lo abrazó, le susurró algo y antes de darle tiempo a reaccionar, volvió a empujarle al vacío.

Esta vez, decidido a conseguirlo, se concentró y confió en si mismo. Respiró profundamente. Sintió que las alas formaban parte de su cuerpo, que eran uno, y que estaban conectadas a él. Abrió los ojos para darse cuenta que estaba cayendo a una velocidad vertiginosa, cerró los ojos para concentrarse una última vez, y escasos segundos antes de chocar, comenzó a mover suavemente sus alas, dándose cuenta de que ya podía controlarlas. Abrió los ojos y con fuerza batió las alas para detener la caída en seco y quedarse suspendido en el aire. A la velocidad de un rayo, vio pasar ante él un destello dorado, dejando a su paso unas brillantes plumas, y cuando miró hacia abajo, vio a Aeryth mirándole con una sonrisa y lágrimas de emoción en sus hermosos ojos verdes. Volvieron rebosantes de alegría a la plataforma de despegue, y allí se dieron un gran abrazo.  Él dio las gracias por la ayuda para conseguir controlar la nueva parte de su cuerpo. Ella, emocionada, dijo que no era para tanto, que sólo era el principio. Tras esto, siguió una sonrisa, una mirada, un abrazo, y finalmente, un profundo beso. 

Pasaron décadas, siglos, milenios, eones, todos ellos como si fueran días. Zéfiro aprendió a controlar sus alas a la perfección, descubriendo con la práctica diversas habilidades especiales como propulsión, impulsada por su energía interior, concentrándola para crear un campo de alta presión y aumentar a su velocidad a límites inimaginables. Día tras día, salía a comprobar si de verdad fue un tiempo pacífico desde que se convirtió en dios, acompañado de su amada Aeryth.

Pero no todo podría ser bueno por siempre, en algún momento, tarde o temprano debería haber algún peligro. Pero este no era un riesgo cualquiera, los humanos no estaban preparados para combatir semejante poder. Dicho poder provenía de la Tierra, de la energía oscura que ésta poseía.

Un gran monstruo surgido a partir de dicha energía se materializó, en forma de un gigantesco reptil, con partes de su cuerpo cubiertas por una armadura. Con una simple ráfaga de su aliento, desoló cientos de países, dejando el escenario como si se tratase de un desierto. Enfrentarlo y proteger a la humanidad era deber de los dioses, que descendieron del cielo para combatir. El monstruo, a pesar de su enorme tamaño, era increíblemente rápido, pues de un veloz movimiento consiguió eliminar a dos de ellos. Tras una ardua batalla con los veteranos, el Original trató de destruirlo con un ataque del que hablaban las milenarias leyendas. Invocó una lluvia de meteoros concentrados en un mismo lugar, pero el único resultado fue una abolladura en su coraza y algunos rasguños. Tras este colosal ataque se quedó sin energía, por lo que no pudo seguir combatiendo. Finalmente, llegaron Zéfiro y Aeryth. 

Ella le golpeaba y le cegaba con los destellos provenientes de su armadura y los reflejos de sus alas, mientras él volaba a su alrededor triplicando la velocidad del sonido, y haciendo cortes en ciertos puntos estratégicamente. Tras esto, se detuvo frente a él, comenzó a susurrar un conjuro que había descifrado de los antiguos glifos inscritos, y tras terminar, alzó la cabeza y lo miró fijamente a los ojos, mientras de su mano derecha brotaba una espada luminosa, y su brazo izquierdo era cubierto por un gran escudo de luz. Sabiendo controlar perfectamente sus alas y todas sus habilidades, y con la ayuda de los destellos de Aeryth a modo de apoyo, volvió a rebanar las mismas zonas, esta vez más profundamente, y provocando graves quemaduras por el filo de la espada. 

El monstruo gritó furioso, y lleno de rabia, con un rápido movimiento, cogió a Afrodita con su garra derecha, a lo que ella solo pudo responder con un grito de terror. Zéfiro volvió a susurrar otro conjuro, mientras alzaba la espada al cielo. La espada creció, y tanto la espada como su armadura se envolvieron en llamas. Lleno de furia, Zéfiro gritó y exigió que soltase a Aeryth, pero el coloso comenzó a apretar el puño, con ella dentro aún. Ante los alaridos de dolor, él gritó con furia y se abalanzó sobre el brazo del reptil, y con un rapidísimo y fortísimo golpe, cercenó la extremidad del gigantesco reptil, dejándolo con la diosa aún encerrada en el puño. Antes de caer al suelo, rápidamente hizo varios cortes y consiguió liberarla sin apenas heridas, y le susurró: "Por fin he podido salvarte yo". Ella sonrió. Aterrizó en el suelo y pidió un momento, volvería enseguida. Soltó un grito de guerra, empuñando la espada hacia el corazón del monstruo y despegando a gran velocidad hacia ese punto. Instantes antes del impacto, gritó: "Esto por haber hecho daño a mi amada", y atravesó su corazón limpiamente, dejando un agujero de gran tamaño en su pecho. Éste, sin oportunidad de sobrevivir, lanzó un último alarido y cayó por su propio peso sobre su espalda, provocando un potente terremoto, pero sin gran repercusión en la ya devastada zona. 

Cuando terminó con la vida del enemigo, ya con las llamas de la armadura extintas y desarmado, volvió a ver cómo se encontraba Aeryth. Se alegró al ver que solo tenía algunas heridas y pequeñas contusiones y que no fuese nada más grave. Tras esto, la humanidad les estuvo agradecidos, y más que ningún otro, Zéfiro estaba agradecido a Aeryth por haberle enseñado todo lo que sabía hasta ahora. Recordó aquel día en el borde del precipicio desde el que fue empujado al vacío para aprender a volar, su rescate, y recordó también la frase que ella le susurró en el segundo intento mientras le abrazaba antes de empujarle: "Puedes volar si tienes la voluntad de hacerlo". Sin ella esperarlo, Zéfiro se giró rápidamente para darla un profundo beso, mientras ambos sonreían. Tiempo después, cuando todo se recuperó tras la eliminación de la amenaza, en la isla flotante de los dioses se celebró la boda de Aeryth y Zéfiro. El Original, quien ofició el enlace, no pudo contener unas lágrimas de emoción al ver al héroe legendario, conocido como Silver Bullet, quien antes era un simple mortal, ahora transformado en dios, en leyenda, casándose con la bella Aeryth, que le eligió desde el momento en que le conoció. 

Al terminar el enlace, ambos se dieron un beso ante los aplausos de los asistentes, y para celebrarlo, sacaron a relucir sus alas, plumas y acero, las alas de la salvación, las alas de la libertad, para perderse en el firmamento nocturno, dejando atrás la plataforma, únicamente alumbrada con hogueras y velas con motivo del evento. Miraban hacia el infinito, sabiendo que ahora estarían juntos hasta el fin de los tiempos, mientras volaban por el cielo, sonriendo, cogidos de la mano. Para siempre.

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